El escudo de Dios
por Daniel Pérez Dorta
Capítulo I
La lluvia no se había
detenido por completo durante ese día. Eso lo había hecho un día húmedo y
desprovisto de sol, en el que los tonos púrpuras y verdes de los umbrosos
bosques que cubrían la región, tan bellos en otros momentos, parecieron opacos
como si el deprimente gris plomo que lo había dominado los hubiera contagiado
con su tristeza. Y todo hacía pensar que la noche no sería diferente, por lo
menos en ese aspecto, con la particularidad de que la oscuridad del día se
había hecho completamente impenetrable luego de la puesta del sol debido a que
las pesadas nubes que las fuertes rachas de viento no lograban mover de su
sitio, ocultaban como una cortina de espeso humo la luna llena que debería haber
brillado en el cielo, con lo que impedían que con su pálida luz pudiera iluminar aun si fuera un poco el
panorama.
La oscuridad era tanta
que hasta los altos muros de piedra del castillo que estaba situado al borde
del precipicio de una colina que dominaba el extenso valle, en la margen
derecha de la cascada del rio que cruzaba los bosques y que por lo común podía
verse aun por la noche cual una ancha serpiente plateada, daban la sensación de
ser casi invisibles a pesar de su elevación y tamaño. Y lo serían, ciertamente,
si no fuera por la luz de los relámpagos que de vez en cuando rasgaban el negro
lienzo, y cruzaban la bóveda sin estrellas trazando en ella, como lo harían en
la superficie de una pizarra, zigzagueantes líneas violáceas. Era esa luz tenebrosa
la que permitía ver no sólo las murallas, sino la cascada cuyo redoblado fragor
se podía oír cuando no lo impedía el ruido de los retumbantes truenos, y fue
ella también la que iluminó la oscura sombra que se deslizó por una grieta de
las gruesas paredes de piedra chorreantes de agua, y pasó como una exhalación
por encima de los escombros a través del enfangado y mohoso patio interior de
la fortaleza, hasta detenerse en donde la maltrecha cubierta que protegía la
puerta de entrada a uno de los torreones le sirvió de cobijo.
La sombra se movió tan
rápido que un relámpago le bastó para recorrer la distancia de varios metros
que la separaba de la imponente torre, y para cuando se detuvo, la oscuridad ya
lo había cubierto todo de nuevo y sólo se pudieron distinguir los redondos ojos
verdes que había en su cabeza, que cual luciérnagas parecieron encenderse en
cuanto la volvió como para ver si nadie la había estado siguiendo.
Los ojos recorrieron los
escombros, grietas y recovecos que llenaban el patio, como si la falta de luz
no fuera un impedimento para ellos. Tenían una expresión asustada, y lo miraban
todo con tal detenimiento, saltando de un punto a otro, que era como si no
confiaran en lo que los rodeaba. El Pilar de la Fe, como era conocido ese castillo
de elevadas torres que durante tanto tiempo había sido la base principal de
operaciones de los Guardianes de la Puerta, estaba casi destruido, y en su
estado actual resultaba deprimente. En especial para los que lo habían visto
durante su época de esplendor y de gloria, cuando en su centro estaba la
antigua puerta de comunicación entre el plano demoniaco y el humano que sus
habitantes habían inutilizado antes de marcharse. Por eso fue, probablemente,
que la refulgente luz verdosa pareció irse debilitando poco a poco a medida que
los ojos miraban, hasta que de ella no se pudo ver ni rastro. Los guardianes se
habían visto obligados a abandonar su fortaleza cuando Satán, uno de los príncipes
más poderosos de los infiernos, había logrado crear una nueva puerta cerca de
donde estaba situada. Esa región era la única del plano demoniaco propicia para
ello y por la nueva vía podrían pasar libremente las interminables huestes del príncipe.
Para impedirlo, los guardianes habían tenido que darse prisa en tomarla y lo
habían logrado luego de cruentos combates en los que perecieron muchos. Pero
eso no bastaba, y después de discutir si inhabilitar la nueva puerta o la
antigua, se decidió construir alrededor de la primera una muralla. Ese había
sido el comienzo de la inexpugnable y floreciente capital de los humanos, la
Ciudad Espectral, y marcó el final del largo reinado del Pilar de la Fe, que de
todas formas, producto de su envidiable longevidad, resultaba cada vez menos
eficiente para defenderse de las constantes invasiones de los príncipes.
La inspección del
terreno demoró bastante, y varios relámpagos más recorrieron los cielos antes
de que terminara, con lo que pudo distinguirse que los ojos pertenecían a un
pequeño gato negro a los pies del que descansaba un envoltorio. Y no a un gato común
y corriente, pues en su rostro había algo raro que llamaba la atención, y de su
boca no demoró en salir una voz quejumbrosa y casi infantil, seguida por unos
sollozos.
–Es inútil, es imposible
escaparse… voy a verme obligado a quedarme en este sitio para siempre y nunca
veré una enorme fuente de crujientes papitas –dijo la voz y el gato volvió a
ponerse en marcha, con su envoltorio entre los dientes.
Los ojos verdes sólo
volvieron a encenderse con su brillante luz cuando el felino se metió por la
puerta de la torre, y gracias a eso pudo verse como subía las escaleras de
caracol que conducían a la cima.
–¡Oh, la más hermosa!
–declamó la misma voz infantil una vez la rara criatura hubo llegado a su
destino, y soltado su carga encima de la parte del parapeto de la muralla en
donde otro techo la resguardaba de la lluvia. En la lejanía podían verse las
luces de la Ciudad Espectral, que rodeada por la oscura noche parecía una
hoguera encendida, y los brillantes ojos la miraron embelesados como si
hubieran caído bajo el influjo de un hechizo–. ¿Por qué me niegas la entrada?
–murmuró seguidamente.
Los relámpagos volvieron
a cruzar el cielo por varias veces permitiendo ver la escena, y a su luz el
gatito, que se había sentado sobre sus ancas traseras y mantenía una pata
encima del envoltorio que había llevado consigo, pareció una estatua egipcia.
La lluvia difundía las luz colorida de la ciudad y la hacía verse
verdaderamente bella, parecía una estrella de seis puntas hecha con las murallas
y en cada una de ellas se levantaba, como lo hacía en su centro, una torre de
vigilancia más elevada que las restantes, por lo que a veces era llamada la
ciudad de las siete torres aun si éstas no eran las únicas que poseía. Era como
si de verdad fuera un espectro transparente que se elevara de continuo a los
cielos sin llegar nunca y por eso era comprensible que hasta un minino se
emocionara mirándola. Pero pronto un ruido proveniente del estómago del gato
negro pareció despertarlo de su ensueño y lo hizo sacudir la cabeza.
–¡Bah! No tiene caso
–masculló el gato negro, y se dedicó sin más dilación a desenvolver lo que su
pata derecha sujetaba sobre el parapeto, hasta que sus ojos se encontraron con
un bultito de papas fritas, que quién sabe de dónde habría sacado–. ¡Salvadas!
–exclamó al verlas, recuperado del todo de su reciente melancolía, y se rió con
sus ojos inundados de codicia.
La contemplación se
extendió por varios minutos, como si en lugar de unas simples papas fritas
estuviera mirando una cosa muy valiosa que le fuera casi imposible de conseguir
en ese sitio, y cuando se decidió a morder una de las crujientes tiritas grasosas
su expresión de complacencia se hizo más profunda. Desde ese momento el gato
negro se dedicó a comer lentamente, saboreando con deleite cada bocado y relamiéndose,
con lo que el sonido que hacía con su boca dominó por sobre el tamborileo de
las gotas de lluvia en el techito que lo cubría y el lejano fragor de la caída
de agua del río. Y de esa manera hubiera continuado hasta dar cuenta del
bultito de papitas si no fuera por los ruidos de pasos, y la intensa luz
blanca, que salieron por la puerta de la torre que conducía a donde estaba
sentado, y que hicieron que la expresión de su rostro cambiara a una de
inquietud y franco descontento.
El gato titubeó por un
momento mirando a las papitas y a todos lados. Era como si no pudiera decidirse
a permanecer en ese lugar o a salir corriendo. Los pasos estaban cada vez más
cerca y la luz se hacía deslumbrante para los ojos acostumbrados a la penumbra.
Por fin, posó sus ojos encendidos sobre la puerta, abrazó el bulto de papitas
enseñando los dientes, y se engrifó con su pelambre erizada cuando una persona
emergió por ella, como si estuviera dispuesto a proteger su botín con su vida.
Pero pronto se tranquilizó, y se sentó como lo había estado antes, cuando pudo
ver de quién se trataba.
La persona era un
anciano de larga barba blanca, que iba vestido con un caftán color azul oscuro
y un turbante negro, y que llevaba un báculo en su mano derecha. Era del
extremo del báculo de donde se desprendía la intensa luz blanca, como si fuera
de una antorcha sin llama, y cuando lo levantó se iluminó por completo una
buena parte del parapeto. Los ojos pardos que tenía en su magro rostro
recorrieron la zona a medida que daba unos pasos, como si buscara algo, y
cuando se posaron sobre el gato con penetrante mirada se detuvo y movió a los
lados la cabeza, se diría que con tristeza, con lo que la cobra plateada de dos
cabezas que llevaba prendida a su turbante lanzó destellos con sus ojos de
rubíes.
–Entonces has regresado,
Damián –dijo el anciano–. Estaba seguro de que estarías mirando a la ciudad
desde esta parte de la fortaleza.
El gato negro viró a un
lado la cabeza y lo observó con los ojos entrecerrados, como si la luz que se
desprendía del báculo lo deslumbrara. Y no se movió cuando el anciano caminó a
su lado y le puso una mano sobre la cabeza, como para acariciarla. Pero sus
ojos verdes se posaron sobre el rostro de barba blanca cuando los pardos del
anciano se percataron de lo que había a los pies de la mascota, y vieron que
las espesas cejas grisáceas se enarcaban.
–Entiendo que mirar la
ciudad desde este sitio sea como una obsesión, Damián. En medio de esta
oscuridad las luces de colores se ven bonitas. Y hasta entiendo que quieras
cruzar la puerta como mismo quiero hacerlo –musitó el anciano y señaló con la
cabeza las papitas–. Pero que pongas la vida en riesgo sólo por unas papas
fritas, eso ya no lo comprendo en lo absoluto.
Esas palabras parecieron
intranquilizar a Damián, o puede que fueran las caricias, pues se movió en círculos
alrededor del envoltorio de papitas con la cola levantada.
–Hablas como si en
verdad fuera peligroso para mí colarme en la ciudad por cualquier agujero y
robar unas papas, Hasan –dijo cuando la mano le acarició los mofletes y miró a
su compañero–. ¿Hasta cuándo vas a infravalorarme?
El gato estaba en lo
cierto y Hasan lo pensó por un momento, porque si era peligroso ir a la ciudad
de los guardianes, no dejaba de serlo vivir en ese castillo infectado por toda
clase de criaturas, muchas de las cuales no eran inofensivas precisamente, como
también lo estaban los bosques que cubrían esa zona.
–Perdona, Damián… Tú
eres mi única compañía en este nido de víboras y no deseo perderte a manos de
los guardianes –dijo Hasan luego de una pausa y volvió a mirar a la
ciudad–. Y si te es tan sencillo pasar,
¿por qué no has cruzado por la puerta?
El felino se detuvo
bruscamente y pareció nervioso; luego levantó la cabeza para mirar a Hasan a
los ojos cuando el anciano lo miró como si esperara una respuesta.
–Pues… no he podido,
Hasan –masculló y se sentó sobre sus ancas con la vista en las lejanas luces–.
Esta noche había guardianes en cada entrada de la cúpula principal, muchos más
que en otras noches… y no pude ni acercarme como otras veces, para ver los
fuegos azules –manifestó enseguida y Hasan lo miró como si no pudiera creer lo
que oía.
La torre central de la
ciudad se elevaba por encima de las demás y estaba iluminada del todo. En la
cima encristalada estaba situada una enorme biblioteca. Pero era en su amplia
base en donde se encontraba la llamada cúpula principal, rodeada por una
ciudadela de gruesas murallas, y en ella a su vez estaba situada la puerta
sagrada a la que todos los demonios, y otras criaturas de los infiernos,
deseaban llegar en un momento o en otro. Era un lugar de difícil acceso y por eso
era casi imposible alcanzarla sin ser interceptado por los guardianes.
–No deberías intentar
eso de nuevo –musitó por fin Hasan y posó sus ojos en la cima encendida.
Desde esa distancia la
torre parecía tan diminuta como un juguete cuando en realidad era como una
ciudad en sí misma. Hasan podía recordarla pues hacia mucho había vivido en
ella y por eso pareció sumergirse en su pasado. Damián también pareció mirarla
por un rato, mas a diferencia del anciano, sus ojos no resistieron y pronto
estuvieron posados de nuevo en las papitas fritas que descansaban en su
envoltorio, seguramente por el olor que desprendían, y cogió una con una de sus
patas para morderla.
El sonido crujiente
logró que Hasan desviara la vista para ver como Damián se relamía y parecía
sonreírse.
–Sin embargo, no puedo
evitarlo –dijo Damián y levantó la vista–. Por lo menos pude robar estas
papitas, ¿quieres una?
El rostro del anciano se
puso serió y éste resopló negando con la cabeza.
–Eso es lo que digo,
¿para qué las papitas? –rezongó Hasan y Damián lo miró ladeando un poco su
cabeza.
–Es lo mejor de este
sitio –dijo para justificarse, pero le gustó que Hasan se preocupara por su
vida.
–No, no valen la pena, y
no debes preocuparte más por eso… si continúas de esa manera vas a perder la
vida en vano –dijo Hasan y el gato volvió a mirarlo, esta vez de reojo, con su
colita negra serpenteando–. No vayas más a esa ciudad, ya te he dicho muchas
veces que no podrás cruzar la puerta solo.
–¿Pero, por qué? Otros
lo han hecho, y he estado tan cerca –dijo el gato, obstinado, y los ojos pardos
se posaron en su rostro un momento y luego miraron la alta torre–. Por lo menos
cuando voy puedo ver sus hermosas flamas.
En el Pilar de la Fe no
había nadie que supiera mejor que Hasan lo bien guardada que estaba la puerta,
pues hacía mucho había sido un guardián, y no uno cualquiera. Todavía podía
verla si cerraba los ojos, con su forma de ojiva y las flamas azuladas que la
llenaban como si fueran una hoguera que, sin embargo, no quemaba. Esas llamas
eran el resultado de la inestable unión de un par de mundos incompatibles y él
mismo hubiera deseado cruzarlas, pero luego de su expulsión las puertas de
entrada a la Ciudad Espectral se le habían cerrado y como resultado no había
visto nunca más a su nieta Maryam.
Los ojos pardos
brillaron con odio por un instante posados en la elevada torre central en donde
hacía mucho Hasan había vivido. En ella debía estar Zoter, uno de sus discípulos
que se había convertido en el hechicero más poderoso de los Guardianes luego de
su despido. No dudaba de que Zoter lo hubiera superado, era un hombre aplicado,
mas también estaba seguro de que sólo Zoter podría superarlo y si no se
presentaba y desplegaba todo su poder era porque no quería que esas gentes lo
convirtieran en un asesino. Los Guardianes eran muchos y por su convicción
estaban dispuestos a morir antes de permitir el paso por sus dominios, y si él,
Hasan, decidía un día ir a su encuentro, no muchos sobrevivirían.
–Debes olvidarte de esa
idea hasta que llegue el momento, en este sitio no nos va mal –musitó por fin
el anciano mago y su mano se deslizó hasta el lomo del gato donde continuó
haciéndole sus caricias, logrando que éste se restregara contra ella.
–Pero mejor nos iría en
el mundo humano –rezongó Damián–. En ese mundo se nos trataría como a los
dioses… y me han dicho que hay muy buena comida en las calles.
La idead de encontrarse
con uno de esos puestos llenos de comida le recordó a Damián sus papas y comió
otra con evidente deleite.
Hasan lo miró con ojos
entristecidos, recordaba que las cosas no eran de ese modo y la última vez que
había estado en ese plano habían millones de hambrientos. Pero quizás las cosas
habían cambiado, el tiempo había pasado raudo y seguramente Maryam ya sería una
mujer y no sólo una niña como siempre la imaginaba.
–Los humanos son
criaturas débiles y siempre siguen a quien posea poderes –murmuró Damián cuando
se encontró con los ojos de Hasan, que lo miraba sin dejar de acariciarlo.
–¡No digas tonterías, Damián!
–exclamó el anciano–. Recuerda que soy humano, y no creo que sea débil –murmuró
luego, mirando de nuevo hacia la torre, y caminó a lo largo del parapeto.
Los ojos del gato lo
siguieron pensando en que por lo visto a Hasan no le preocupaba que la luz de
su báculo pudiera ser vista por los escuadrones de guardia en esa lluviosa
noche, porque la esfera que coronaba el báculo seguía emitiendo su luz
blanquecina.
–Pero eres diferente a
ellos, Hasan. Tú eres un mago poderoso y si lo desearas… –dijo Damián y Hasan
se detuvo para mirarlo–. Si en verdad lo quisieras podríamos escapar, porque
nadie en la ciudad podría detenerte. No sé por qué no quieres hacerlo conmigo
–murmuró Damián y caminó también sobre la parte del parapeto que estaba
protegida de la lluvia, hasta que se detuvo a un lado de Hasan y se volvió
hacia la ciudad, dando la espalda a éste y moviendo su colita.
Desde pequeño había
soñado con ese mundo maravilloso de los humanos. Y a pesar de las cosas que
decía no pensaba revelar su presencia cuando llegara, eso le serviría de mucho
y se conformaba con pasar desapercibido gracias a sus poderes, incluso cuando
si los mostraba podría dominar a esas débiles criaturas.
El gatito negro sintió
que su compañero le pasaba una mano por su cabeza y ronroneó. Estaba consciente
de que no era un rival para los Guardianes y para cruzar por la puerta llevaba
mucho intentando unirse a otras criaturas más poderosas que pudieran llevarlo.
Por eso a veces se sentía desencantado y pensaba que cuando por fin se encontraba
con un ser que era lo suficientemente fuerte, no lo ayudaba por miedo.
–Debe haber una manera
de escaparse y debo encontrarla –musitó el gato y miró a Hasan–. No sabes lo
bien que nos iría en esas grandes y ricas ciudades llenas de gente, con sus mercados
rebosantes de comida, en especial las crujientes y olorosas papitas fritas
–murmuró esperanzado y sintió que su estómago se retorcía, por lo que saltó
hasta donde había dejado su sobre y masticó otra tirita.
–No estoy seguro de eso…
¿o es que olvidas que provengo de ese mundo? –preguntó Hasan y se quedó
observando cómo su pequeño y goloso amigo comía.
–¡Bah! Eso lo dices
porque no quieres ir conmigo –murmuró Damián entrecerrando sus ojos de gusto.
–Hmmm, no es tan
sencillo como piensas, ya te lo he dicho en varias ocasiones –dijo Hasan.
Era cierto que con su
poder podría tener éxito, quizás tuviera suerte. Pero aún así debería matar a
muchos guardianes y las puertas quedarían desprotegidas, o por lo menos por un
tiempo. ¿Qué haría si por su culpa una criatura maligna escapaba y le hacía
daño a su nieta?
–Quieres decir que
sientes miedo –especificó el gatito y se limpió los dientes con una de sus
largas uñas.
El anciano se sonrió
enigmáticamente y caminó a su lado.
–El miedo garantiza la
supervivencia, siempre lo he sabido y es por eso que aún vivo –dijo en cuanto
se detuvo.
En ese momento se
comenzó a escuchar una risita, que casi no se distinguía debido a los ruidos
provenientes del cielo. Pero Damián volvió la cabeza, localizando el sitio de
donde provenía, y no tardó en posar sus ojos en una columna saliente cercana.
–¿Qué estás haciendo
escondida, Stella? –preguntó–. ¿Es que otra vez nos espías?
Desde otra parte de la
muralla, desde detrás de una columna que estaba a mitad de camino de la otra
torre, salió una muchacha de cuerpo menudo y hermoso rostro. Estaba completamente
desnuda y sus ojos brillaban como brazas azules a la luz blanca que emitió la
esfera del báculo que Hasan levantó para poder verla. Pero no era una humana y
voló hacía ellos con las alas verde-azuladas que crecían en sus estrechas
espaldas.
Damián se extasió
mirándola desde sus pequeños pies, en los que portaba garras como un ave de
rapiña, hasta los largos cabellos de verdosas serpientes que crecían en la
cabeza. Pero sus ojos se detuvieron por un instante en su pecho, donde se
podían ver unos pequeños senos cuyos rosados pezones lo invitaban a chuparlos,
sin mencionar la incitante mata de pelo verde que crecía en su pubis, que
contrastaba mucho con sus hermosos muslos, azulados como un monte de hielo
ártico.
–Hmmm, deberías cubrirte
un poco, Dalila –murmuró Hasan observando como a Damián se le salían los ojos.
–No puedo bañarme en la
lluvia vestida –replicó la chica sin inmutarse, dando unos pasos luego de
posarse, y de su cuerpo se desprendieron grandes gotas que mojaron la parte
seca del piso de piedra.
Sin embargo, después de
mirar a los demás por un momento obedeció y se cubrió con sus ligeras ropas,
que llevaba en una de sus manos de largos dedos.
–Y bien, pequeña furia…
¿no vas a decirnos por qué estabas espiándonos? –insistió Damián, repuesto de
la imagen que se había presentado delante de sus lujuriosos ojillos.
La joven furia dio unos
pasos más hacia ellos, con sus muslos muy juntos; caminaba como una pantera y
cada uno de sus pies se posaba sobre la húmeda huella que dejaba el otro.
–¿Para qué iba a
espiarlos? –preguntó deteniéndose a un lado de Hasan en la orilla del parapeto
y sintiendo como la brisa movía su pelo de danzantes sierpes, secándolo. Los
ojos azules que tenía en la cabeza se posaron en la llovizna–. Eso sería perder
mi tiempo.
Hasan y Damián miraron a
la arrogante criatura, como si esperaran una respuesta más precisa, y la furia
pronto se dio cuenta y se volvió hacia ellos, podría decirse que histérica.
–Ustedes no son capaces
de escaparse, ¿qué iba a lograr si los espiara? –gritó–. Podría pasarme en ello
varios milenios más y no me reuniría con mi madre.
Entonces se rió como una
loca y su cuerpo menudo se sacudió como con convulsiones hasta que la risa se
fue extinguiendo.
Hasan se sonrió a su vez
y miró de reojo a Damián, quien movió sus bigotitos como estupefacto. Pero
después vio que estallaba y su galillo llenó las murallas, estridente.
–Tú, pequeña sabandija
insignificante, ¿por qué me subestimas? –chilló–. ¿Es que has olvidado que si
no fuera porque la intervención de Hasan lo impidió ese demonio que intentaba
cogerte en el bosque lo hubiera conseguido y hubiera gozado impunemente
contigo? –gritó y sus luminosos ojos parecieron soltar chispas.
Y su enfado no era
fingido pues sólo no se lanzó contra la furia debido a que la mano de Hasan se
lo impedía a la vez que lo instaba con la vista a callarse.
El rostro de la pequeña
demonio alada palideció visiblemente a la luz del báculo del mago y sus grandes
ojos, que habían estado brillando, se oscurecieron poco a poco como luces
moribundas a medida que su mirada descendía hasta el piso de piedra.
–Eso… eso fue…
–balbuceó.
–No le hagas caso a
Damián, no sabe lo que dice –dijo Hasan, conciliador, y sintió deseos de
estrangular al gatito.
Pero en la mente de
Stella volvía a manifestarse la imagen horripilante del demonio que se había
empeñado en poseerla después de que lo invocara para cruzar la puerta. Eso
había pasado hacía sólo unas semanas, cuando había llegado a los contornos del
Pilar de la Fe, y por eso continuaba despertándose en las noches entre gritos,
con la misma pesadilla.
–Lo siento –musitó por
fin la furia–. Quizás sea cierto que no sirvo para nada y nunca volveré a ver a
mi madre –sollozó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Hasan sintió que Damián
se calmaba y se volvió a mirar a la azulada criatura que en ese instante
parecía una niña desamparada. El cuerpo menudo se estremecía como si tuviera
frío y las bellas alas lo envolvieron como los brazos, que se cruzaron sobre su
pecho.
–Mira lo que has hecho de
nuevo, Damián –susurró–, Tienes la mala manía de hacer que Stella se ponga
nerviosa y por tu culpa esta noche no podré dormir con sus lamentos.
–¿Qué dices, Hasan? No
ves que yo no he dicho nada malo. Eso fue lo que sucedió y me sentí muy
contento de que la salvaras –susurró Damián.
La pequeña furia levantó
la cabecita cuando sintió que la mano del anciano se posaba en ella y vio como
Hasan la miraba con su magro rostro esbozando una bondadosa sonrisa.
–No digas eso, eres
importante para nosotros. Y no llores, ya verás que juntos la encontraremos, si
es que está en el mundo humano.
–Pero Damián dice que… y
yo… yo –balbuceó la furia.
–¡Bah! ¡No hagas caso a
lo que yo diga! ¿No sabes que este castillo ha logrado que enloquezca un poco?
–dijo Damián y caminó por el parapeto hasta sentarse sobre sus ancas en las
cercanías de la chica. Había llevado consigo su paquete y lo señaló con una
pata delantera–. Mira, coge una de mis papitas –ofreció.
La furia miró a Damián y
en su rostro de bellas facciones se dibujó una leve sonrisa, y hasta a Hasan
los ojos se le redondearon de asombro. Era tan increíble que le ofreciera una
de sus papas fritas. Pero la furia no cogió ninguna, sino que se volvió hacia
donde estaba parado el anciano mago, para oprimirse contra su pecho, por lo que
el gato se encogió de hombros y se comió una.
–Tengo mucho miedo,
saben, mucho miedo –murmuró Stella.
–No debes sentirlo,
pequeña –dijo Hasan pasándole una mano por las alas–. Nosotros nos encargaremos
de que nada malo llegue a sucederte.
–Es cierto, pero debes
hacernos caso –dijo Damián–. Hasan despedazó a ese pobre demonio de un solo
golpe, ¿y con eso pensabas que podrías enfrentarte a los Guardianes? –preguntó
luego y se rió desdeñoso a la vez que hacía un ademán de esa naturaleza con su
patita derecha.
–¡Damián! –dijo Hasan.
–¿Qué? Ella sabe que no
lo digo para reprocharle nada. Pero, ¿imaginas lo que le hubiera pasado si
hubiera caído en manos de los Guardianes de la Puerta? No iba a pasarla muy
bien, esos son tan despiadados como los príncipes, sólo que están en otro bando
–dijo y miró hacia la Ciudad Espectral, pensativo, como si desde donde estaba
pudiera verlos.
–No le digas esas cosas,
Damián, o no nos dejará dormir esta noche con sus pesadillas. ¿No ves que la
chica está nerviosa?
–Pero Damián está en lo
cierto, Hasan. Los Guardianes de la Puerta querrán matarme en cuanto me vean
–sollozó la furia separándose de Hasan y mirando su rostro con cara lastimera.
–Es cierto que los
Guardianes no lo pensarían para matarnos a nosotros. Pero no podrán hacerlo, si
lo intentaran a mí no me quedaría más remedio que dar cuenta de ellos, incluso
cuando no deseo que salgan lastimados –murmuró Hasan y miró a Damián, que
reflejó incredulidad en su rostro–. Por eso espero que en el futuro seas más
juiciosa, pequeña, puede que un día no pueda salvarte… En este mundo existe un
monstruo que excede mis poderes, y por supuesto los de los Guardianes. Hasta
Satán, Belcebú o Lucifer, los mismísimos príncipes, estarían en apuros si se lo
encontraran –continuó con su parlamento luego de una pausa.
–¿Es que conoces un
monstruo de esa especie? –preguntó la pequeña Stella, quien esta vez fue la que
lo miró incrédula.
–No, no lo conozco. Pero
existe una leyenda de un monstruo como ese, y créeme cuando digo que no sería
placentero para nadie encontrárselo. Porque incluso cuando a mí no me haría
nada, ningún demonio sobreviviría si se lo encontraran –dijo Hasan y Damián
comió otra de sus papas, con poco interés en la historia.
–¿Por qué? –preguntó la furia,
que a diferencia del felino si se veía interesada, porque era sólo una
jovencita de pocos siglos y le encantaban las historias.
Hasan la observó por un
momento y creyó que si le contaba la leyenda lograría distraerla, por lo que
decidió contarle lo que sabía. Probablemente entre los Guardianes sólo él, y
Zoter, supieran de la existencia de esa bestia que llevaba la marca del mismo
Dios en sus ojos.
–Te contaré lo que sé…
Pero debes saber que esto es sólo una leyenda, no quiero que sientas miedo
–dijo Hasan y miró de reojo a Damián, cuyo crujiente ruido podía escucharse
entre los retumbantes truenos que llegaban desde la lejanía.
La joven furia asintió
con su cabeza cuando Hasan posó sus ojos pardos nuevamente en ella, y éste
comenzó a contar la historia que ya le había contado a Damián varias veces,
pero que el felino consideraba un cuento de viejos.
–En los libros sagrados
más antiguos del mundo demoniaco consta que hubo una horrible bestia que fue
creada por Dios con el único propósito de llevar a cabo un masivo exterminio
contra sus enemigos –dijo Hasan–. Los demonios se habían propagado demasiado y
su creador no estaba contento, pues los cielos habían quedado casi vacios y la
tierra se había infectado, corrompiendo a los hombres, sus criaturas
preferidas. Es por eso que, cegado y lleno de pena por la traición de los
suyos, Dios vertió todo su odio dentro de la criatura y la obligó a matar a los
demonios que encontrara, porque se cuenta que su comida consistía sólo en la
pestilente sangre y en la dura carne de los demonios, y que su hambre era
infinita.
–¡Oh! –exclamó la furia
y desplegó sus alas, por lo que Hasan se sintió complacido y continuó con su
cuento.
–El monstruo descendió
de los cielos y limpió la tierra poco a poco, mas los príncipes crearon con su
poder otro plano que llamaron infierno y escaparon pensando que estarían
seguros en sus nuevos dominios, porque destruyeron todos los portales que
comunicaban con el plano humano, salvo uno, que pensaron que un día podrían
usar para regresar a sus andadas. Nunca pensaron que por esa puerta se colaría
la bestia y los perdería, pero eso sucedió y la bestia continuó con su matanza,
porque poseía un olfato que le revelaba los caminos y unos ojos con los que los
veía incluso si estaba oscuro y no se podía ver nada.
Hasan volvió a
detenerse, viendo como Stella se ponía intranquila y miraba a todos lados, como
si de pronto temiera encontrarse con la bestia. Eso lo hizo pensar que no había
sido una buena idea mencionarla.
–¿Entonces, si me viera
me mataría? –preguntó la furia cuando levantó la cabeza para mirarlo.
–Por supuesto, pequeña.
No quiero ofenderte, pero… eres un demonio como Damián –murmuró Hasan y señaló
a Damián, que levantó la cabeza con una papita en la boca–. No creas que es
sólo un gatito como lo parece.
–¡Bah! Esos son cuentos
–masculló el gatito viendo que los demás lo miraban.
–No son cuentos, Damián.
En las leyenda siempre existe algo de cierto, aun cuando no quisiera que eso le
sucediera a ella –dijo Hasan y le hizo una caricia a Stella–. Me recuerda a mi
nieta Maryam.
–¿Y sabes cómo se
llamaba esa criatura? –preguntó la furia.
–La criatura se llamaba
Morlian. Pero los demonios mayores decían que era Devorador o Escudo de Dios, y
si un día la vieras, huye, escapa de ella o no podrás contárselo a nadie, ni
verías más a tu madre –dijo Hasan, dándole dramatismo a su historia, no había
caso y aun si lo quisiera no podría evitarlo.
–¿Pero… cómo podría
reconocerla? –balbuceó Stella, que lo miraba con sus grandes ojos azules
desorbitados.
–Eso es sencillo, si ves
un demonio muy grande, como uno de los príncipes, con su cuerpo gris cubierto
de pelo, y que en sus espaldas porte grandes alas membranosas y una cola con
una dura saeta en la punta, sabrás que estás en presencia del Escudo de Dios,
con esa saeta se dice que podía destrozar la más fuerte de las armaduras de los
príncipes… –dijo Hasan y la furia se rió.
–Pero, Hasan –dijo–. He
visto muchos demonios como ese.
–Por supuesto… no he
concluido –dijo Hasan y lo pensó un poco–. Eso es, lo principal es su cabeza,
en ella crecen unos cuernos retorcidos como los de muchos demonios pero en sus
ojos lleva unas estrellas de seis puntas que la distinguen. No existe otro demonio
que las tenga y por eso se lo podría reconocer fácilmente si se tiene tiempo de
verlo.
–¡Oh! ¡Eso sí que no lo
he visto! –exclamó la Furia con sus ojos redondeados, incitando a Hasan a
seguir contando.
–Sí, es único, y eso no
es todo. Los libros dicen que de los ojos de la bestia manaba fuego, igual que
de su cuerpo y boca, cuando se enfadaba. Y lo peor era que no existía ningún
hechizo, ni nada, que pudiera detenerla y por eso hasta los príncipes temblaban
sólo escuchando su nombre.
La furia soltó una
risita desdeñosa que hizo a Damián levantar la cabeza de su cena.
–No puede existir una
bestia como esa… –dijo, divertida–. Los príncipes no le temen a nada y son
inmortales. Ella no podría matarlos como a un demonio cualquiera.
–Pero está escrito en
los libros y debe haber existido algo de eso, no tiene que ser exacto –dijo
Hasan.
–¡Bah! Esos son sólo
cuentos, Hasan. Y esas épocas pasaron hace mucho. La criatura que dices debe
haber muerto, si es que existió, y no vale la pena pensar en ella –dijo Damián
y caminó hasta sus compañeros–. Mira, lo mejor será que pensemos cómo cruzar la
puerta… y cómete una papita, o no podrás probarlas –señaló las pocas que
sobrevivían.
El anciano mago estaba a
punto de replicar a esas palabras cuando Damián volvió a su envoltorio y le
ofreció la papita, levantándola con su patita derecha, cosa que hizo que mirara
a Stella y se tuviera que esforzar para contener su risa. La furia también lo
miró y no pudo hacer lo mismo, de modo que se rió y Hasan la acompañó de buen grado.
–Está bien, pequeño,
dame una –dijo Hasan cuando pudo.
–Y yo… ¿puedo? –preguntó
la furia y Damián les indicó que se sentaran en el suelo y vino a donde estaban
con el envoltorio.
En el piso de piedra,
rodeando el báculo que los iluminaba, dieron rápida cuenta de los restos de la
papitas mientras Hasan les seguía haciendo cuentos.
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