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jueves, 27 de octubre de 2016

Galaxy I:Capítulo I



Galaxy I
por Pedro Luis Carballosa Mass

Segunda parte
La rebelión de los inmortales

Capítulo I

En la enorme pantalla se mostraba un inmenso cosmos, con aglomeraciones de estrellitas refulgiendo en la lejanía y cambiando de colores. Por lo visto no había planetas en la región desértica que ésta mostraba porque en ese momento sólo se podían percibir esas formaciones de luces, como si de una pintura se tratara, parpadeando en grupos encima de un fondo oscuro, todas parecidas.
Sin embargo, casi en el centro de la pantalla, mucho más grande que las otras seguro por su relativa cercanía, brillaba destacando una diminuta enana roja, que a pesar de verse pequeña comparada con la pantalla en la que se mostraba, insignificante podría decirse, no lograba engañar a quienes la miraban embelesados, pues sabían que su diámetro era de un séptimo del diámetro del Sol y su nombre les era hace mucho conocido. No había dudas, esa estrellita era Próxima Centauri, la enana que orbitaba las binarias Alfa Centauri A y Alfa Centauri B y, por consiguiente, estaban cerca de ese sistema, ningún error podría confundirla, estaban delante de la estrella más próxima a su lejano Sistema Solar de origen, y eso significaba que luego de diez lustros de viaje la nave había llegado a los límites de su destino moviéndose entre paradas con una velocidad promedio de casi un octavo de la velocidad de la luz.
El puente estaba profusamente iluminado con una blanca luz emitida por una multitud de lámparas desde la superficie superior metálica. Era una sala rectangular enorme y en ese instante un número de personas la ocupaban, pero no todas las que de costumbre albergaba, y puede que debido a eso no se podía oír nada, si no se contaban las pulsaciones del sistema de localización de la nave y los otros ruidos emitidos desde los paneles de mando. Las había que estaban de pie, con sus rostros descubiertos y vueltos hacia la pantalla de enormes dimensiones en donde posaban la vista, y también las había sentadas en sus puestos de mando, una serie de butacas rotatorias de base redondeada de donde partían las estructuras a manera de brazos en las que se sostenían las pantallas y paneles de coloridos botones, como los pétalos de una rosa. Pero todas eran iguales por como miraban la estrella en silencio, se diría que llenas de esperanza, y en que sus cuerpos estaban envueltos con escafandras de un blanco inmaculado en las que se notaba una bandera en un hombro.
En la parte central de la sala, como pasaba con la enana en la pantalla, un puesto de mando destacaba entre los que lo rodeaba, por delante de otros. Tenía un individuo sentado encima, un hombre corpulento de rostro severo en donde se podía ver una cuidada barba salpicada de hilos plateados y unos ojos marrones de bondadosa y penetrante mirada.
El hombre estaba en silencio como los demás, y seguro se hubiera pasado mucho más en ese estado, como presa de un encantamiento, si no hubiera sido despertado por la voz pausada de la computadora de la nave, que después de un rato vino a sacar a las personas de su hipnótico estado.
–Restan cinco horas para la conclusión de las maniobras de desaceleración de Galaxy I, comandante Foreman –dijo la voz como mismo lo había hecho cada hora en los últimos días.
El hombre de ojos marrones carraspeó y se removió en su silla, viendo que en la sala varias personas se movían de nuevo, pero luego miró un borde de la pantalla principal y vio en letras verdes que eran las diez de la mañana del día 5 de septiembre del 2266, hora local de Galaxy I, un día que sin lugar a dudas sería memorable para la dotación de la nave intergaláctica de la UDO[1] que llegaba a su nueva casa.
–Sí, gracias Xerxes –murmuró después, posando la vista en un rostro masculino que parecía mirarlo desde una de las pantallas empotradas en los brazos de su puesto.
Entonces volvió la cabeza levemente a la derecha y miró a una chica de corto cabello negro y cuerpo menudo, con los ojos entrecerrados como un gato.
–¡Es increíble que estemos a punto de lograrlo luego de lo que hemos pasado en este horroroso viaje! –exclamó como si percibiera la mirada del hombre la muchacha menuda, y volvió su rostro, pálido y sonriente, hacia donde Foreman se encontraba, con sus ojos negros brillando por la emoción de la llegada.
Hacía pocas horas que habían entrado en los confines de Alfa Centauri, mas sólo en ese momento se había localizado la enana Proxima, hacía unos minutos, cuando la velocidad de la nave se acercó a su velocidad crucero interplanetario, y eso la emocionaba incluso cuando ésta sólo destacaba en la pantalla debido a los potentes lentes del sistema zoom de la cámara principal de la nave nodriza, pues todavía estaban relativamente lejos de ella.
–Sin embargo, este es solamente un comienzo –la siguió otra muchacha de largo pelo castaño y crespo, y suave piel color miel, pensando con su rostro emocionado en que los esfuerzos que aún deberían realizarse, cuando llegaran a su destino, serían inmensos.
Pero estaba contenta si éstos eran para colonizar para la especie humana ese planeta gigante que según los datos de los científicos podría mantenerlos y dar inicio a una nueva y próspera vida con sus recursos, una civilización desarrollada y plena, lo que significaba que no se extinguirían luego de ser barridos de la superficie de la Tierra por los invasores de piel encarnada.
La dulce voz de las chicas conmovió a Foreman y en su rostro se esbozó poco a poco una sincera sonrisa. El comandante supremo de Galaxy I permaneció mirando bondadosamente a la muchacha de corto cabello, cosa que le daba un aire de muchachito, viendo como sus ojos negros estaban maravillados como los de una niña. En ese instante la chica estaba cerca de donde se encontraba sentado y sus manos se mantenían sobre su pecho, poco abultado no sólo por la escafandra blanca que cubría su cuerpo sin ocultar su cabecita de muñeca, lo que hacía creer que estaba rezando a un dios de los que los hombres adoraban hacía mucho y le pedía que no los abandonara.
Muy cerca de la joven menuda, la otra muchacha estaba con sus manos sobre el respaldo de un puesto de mando y Foreman posó sus ojos en ella por un momento. Era distinta a su compañera, por su estatura mucho más elevada y su cuerpo mucho más robusto, no obstante, cuando miraba la pantalla se podía ver en su rostro la misma emoción y sus grandes ojos verde oscuro refulgían cual esmeraldas.
 Foreman podía sentir sus presencias aun si sus ojos no estuvieran viéndolas, porque la inconfundible huella de sus ondas cerebrales le era conocida desde hacía bastante y la percibía claramente con sus desarrollados sentidos, acorde con las emociones que las chicas sentían.
Sin embargo, la sonrisa desapareció de su rostro cuando la chica más robusta volvió a despegar sus labios.
–¡Deja que Pavel la vea, se va a poner muy contento con ella! –exclamó la muchacha de ojos verdes posándolos en la menuda.
–Sí, quizás debías imprimirle una copia de la imagen para llevársela cuando vayas a visitarlo –respondió la otra chica con su rostro vuelto hacia ella, y vio como su compañera le decía que sí con la cabeza.
La chica de grandes ojos verdes se movió hasta uno de los blancos paneles de mando e introdujo las instrucciones para que Xerxes sacara una copia de la imagen que había en la pantalla, que maximizó cuanto pudo para resaltar la roja estrella con los sistemas de zoom óptico y digital de la nodriza, e imprimió en colores sobre una hoja de papel blanco.
Entretanto, Foreman pensaba en como su propio hijo, un piloto de combate de las FAG-I[2] de nombre Pavel Auguste Foreman, se estaba muriendo poco a poco de una dolencia que no les era conocida a los médicos de la nave, pero que probablemente era uno de los varios efectos secundarios de la vacuna Omega H que les ponían a todos cuando llegaban a los dieciocho años, aún cuando en Galaxy I había las más modernas instalaciones sanitarias de la lejana Tierra sin que le sirvieran para nada. Es por eso que sintió como la ira se iba apoderando de su corazón y provocó que la muchacha de cabello corto se volviera a donde estaba, como si hubiera sentido un latigazo sobre su estrecha espalda, y se quedara mirándolo con sus ojos de gacela sin comprender lo que le pasaba.
El comandante parecía un hombre de sólo poco más de cuarenta años aun con su barba entrecana, pero hacía poco había cumplido los noventa sin que se le notara mucho. La vacuna Omega H, la última vacuna del viejo proyecto Apollo de la UDO, parecía estarle provocando la muerte a su hijo con su combinación de virus y nanotecnología, pero lo cierto era que había impedido que envejecieran la mayor parte de los HGE[3] que vivían en la Galaxy I, como les llamaban a los humanos a los que se les había modificado su ADN para la creación de un hombre nuevo, uno que disponía de un sin número de capacidades extraordinarias con las que nunca la naturaleza había dotado a un humano corriente.
–¡Está lista! –exclamó llena de gozo la muchacha de ojos verdes y se puso a agitar la hoja de papel impresa.
Foreman posó sus ojos en ella, que llamó su atención no sólo con su voz sino con los ruidos que hacía con la hoja de papel, como si estuviera húmeda y deseara secarla, y en su rostro se enseñoreó la tristeza por un instante.
Entonces la otra muchacha se percató de lo que sucedía, recordando que a su comandante no le gustaba perder y de seguro consideraba una pérdida personal no poder salvar a su propio hijo. Había escuchado que desde pequeño esa era la característica que más lo hacía distinguirse de los otros y era probable que por esa razón lo hubieran designado a la Galaxy I, puesto que en la UDO era conocido por cumplir las misiones con un número irrisorio de pérdidas. No era raro si se sabía esto que una persona como esa no soportara verse impotente en su situación, no sólo porque ese muchacho era su único hijo, y todos sabían en la nave cuánto Foreman lo cuidaba desde niño, sino porque era un piloto de valía en la nodriza, uno de los pocos con las capacidades del cerebro suficientes para luchar en uno de los poderosos sistemas de combate MWAT–9900H Magnus[4], cuya interfaz sináptica de último modelo había resultado demasiado complicada hasta para los extendidos, y un Magnus sin piloto era inservible incluso con su sistema de combate autónomo, pues con ese sistema nunca podría llegar a las capacidades de combate con que lo dotaba un HGE en sus entrañas.
Pero la ira del comandante creció mucho más cuando un hombre delgado que estaba usando un puesto de navegante y se encontraba bastante separado de ellos, mencionó que el crucero de batalla Justice no había regresado desde que había partido hacía meses, para cumplir con una importante misión de reconocimiento.
–Estamos a las puertas del sistema de destino y el Justice hace meses que no da señales de vida –esas habían sido sus palabras.
Las palabras insidiosas del hombre delgado, que se reía con un compañero, hubieran pasado desapercibidas para un humano común, mas habían sido escuchadas claramente en donde se encontraba Foreman y la muchacha de pelo negro no demoró en sentir sus consecuencias.
–¡Ermak! –susurró con reproche y posó sus ojos en donde el hombre delgado se reía, pero después se puso a mirar a Foreman con rostro compungido.
El Justice era un crucero de batalla clase Neptune de la UDO bastante modificado, desarrollado en Galaxy I luego de su partida. Había salido de su puerto en cuanto comenzaron las lentas maniobras de desaceleración para la realización del sondeo del sistema solar a donde se dirigían y su misión consistía en entrar profundamente en Alfa Centauri, como lo mandaba el protocolo de seguridad de la nave intergaláctica,  no obstante, después de eso ni siquiera se había recibido un mensaje suyo como ese mismo protocolo lo dictaba.
–¡Ese maldito Gayura, siempre hace lo mismo! En cuanto regrese debo castigarlo duramente –murmuró Foreman, ya bastante contrariado, y su mano derecha se crispó sobre el brazo de su puesto, haciendo que crujiera lastimero.
Pero sabía que no podría hacerlo, pues Gayura siempre encontraba un justificante para su comportamiento dislocado y demostraba que era imprescindible, por lo que se removió en su puesto impaciente, mirando a la enana en la pantalla con ira contenida, como si la estrella tuviera la culpa.
–¡Murzduk! Envía inmediatamente un mensaje requiriendo que Justice regrese a puerto –ordenó Foreman sin siquiera preocuparse con la posibilidad real de que hubiera pasado un percance a su crucero, porque conocía a su subordinado y sabía de sus costumbres–. Y mantente enviándolo hasta la llegada de una respuesta –declaró luego, mirando a alguien de reojo.
En un borde del inmenso puente un hombre corpulento y de impresionante envergadura había levantado la cabeza de una de las pantallas de su puesto a la vez que hacía que éste se diera la vuelta, para mirar hacia donde Foreman estaba sentado. Tenía un rostro redondeado y plano, en donde había una rala barba grisácea, y una mueca extraña no demoró en mostrarse también, a medida que sus ojos, pardos y rasgados, se posaban de tiempo en tiempo en su comandante.
Foreman conocía el significado de esa mueca y esa mirada, sabía que a Murzduk no le gustaba enviar nada sin saber lo que podrían encontrarse desde su partida precipitada de la Tierra, y hacía eso cuando una de sus órdenes no le era grata. Por lo visto había sido demasiado afectado por la invasión Redmen a su planeta de origen y eso no podía en–tenderlo, porque, luego de cincuenta años no era para que su oficial de radio continuara con su miedo, estando tan lejos de la posición de sus enemigos.
“¿Por qué siempre tengo que lidiar con estas personas?”, pensó Foreman y resopló ruidosamente.
No obstante, Murzduk saludó a Foreman cuando escuchó su resoplido y se dedicó a darle instrucciones a Xerxes para que se encargara de ese envío.
El especialista en radiocomunicaciones de la Galaxy I se veía como un hombre de unos cincuenta, descendiente de mongoles refugiados en la UDO, pero como pasaba con su comandante supremo, era mucho más viejo y sus movimientos eran pausados para ser un HGE, seguramente debido a su envergadura y no a su edad avanzada, puesto que había recibido todas y cada una de las vacunas que se habían ido desarrollando.
Mas Murzduk no era tan conocido en la Galaxy I por la robustez extraordinaria de su cuerpo, tan poco común en las gentes de su raza, como por ser precavido hasta la paranoia, y eso no era porque sintiera miedo, como a muchos les gustaba insinuar, ni nada parecido, sino que la sola idea de delatarse sin conocer lo que tenían delante le resultaba insoportable, pues lo haría responsable en parte de la desaparición de lo poco que quedaba de la especie humana, y eso sólo lo sabrían precisamente cuando su crucero de batalla regresara después del reconocimiento de Alfa Centauri. Era por un motivo que existía ese protocolo de seguridad y no se sentía con deseos de violarlo en vano.
–Xerxes está enviando su orden en modo repetitivo hacia la región de Alfa Centauri, comandante Foreman. Pero la he encriptado utilizando las secuencias que se declararon en el momento de la partida del Justice –dijo Murzduk después de unos pocos segundos, y se puso de pie para caminar hacia donde Foreman se encontraba sentado, con pesado y lento paso.
El resto de los tripulantes lo siguieron con la vista, por lo visto esperando un divertido espectáculo si se miraba el brillo con que los ojos refulgían, aun cuando no eran todos los afectados, y ni los ojos del comandante ni los de la muchachita de corto cabello negro se vieron implicados.
“Y allá vamos de nuevo”, pensó Foreman cuando su subordinado se detuvo en sus cercanías, y respiró profundo.
–No es necesario decir lo que opino, comandante, lo sabe porque lo he repetido muchas veces –dijo Murzduk después de mirar a su comandante de tanto en tanto por un momento, y unas risas contenidas se escucharon–. Pero lo voy a decir de nuevo, para que mi conciencia esté limpia... Ese radiograma no es necesario, y aun si nadie puede descifrar el contenido, en modo repetitivo podría servir para ser localizados –musitó como si temiera atraer la mala suerte a la vez que su brazo derecho se levantaba para señalar a su puesto de mando.
Esto incrementó las risas, y la muchacha de ojos verdes y piel color miel se unió a ellas, haciendo más ruido con la hoja de papel que continuaba sosteniendo en sus manos.
Foreman miró a Murzduk con paciencia y después paseó su vista por el puente, con lo que contuvo las risas y provocó que la chica se pusiera seria y soltara la ruidosa fotografía sobre un puesto cercano.
–No debes preocuparte, Murzduk. En este sistema no hay nadie más que nosotros, no puede haberlo –dijo por fin, con sus ojos en el rostro del oficial de comunicaciones, mas se preparó, como siempre, para escuchar sus razones.
–Eso mismo pensaban en la Tierra hasta que los rojos los exterminaron. Y no veo por qué otra especie inteligente va a ser buena con nosotros, que no somos buenos con nuestros semejantes, más cuando sabemos que existen otras y que son hostiles con los humanos –declaró Murzduk con calma, mirando a los ojos de su comandante, y su rostro se puso pensativo, como si de pronto se percatara de algo.
¿Era posible que debido a eso Gayura callara, obstinado, o sería que había presentado problemas graves y todos se habían ido para siempre? En esa nave iba un pariente suyo y la perspectiva no le gustaba, pero igual no iba a ayudarlos enviando una orden y si se habían perdido pronto lo sabrían pues debían estar cerca del punto de no retorno, sólo había que permanecer en una órbita de Próxima envueltos por un seguro silencio, como lo habían acordado, y escudriñar sin delatarse todo el cuadrante de las binarias.
–¡Bah! –murmuró Foreman para sí después de posar sus ojos en los de la chica de cabello negro, que lo miraba con los suyos suplicantes.
Entonces, luego de una pausa, hizo un gesto de desdén con la mano izquierda, cosa que sacó a Murzduk de sus meditaciones.
–No sé por qué no me entiende, comandante Foreman, si lo que digo no es nada nuevo –dijo Murzduk negando con la cabeza.
La muchacha menuda recogió sus estrechos hombros en señal de evidente miedo, cosa que se le notaba en su rostro de niña con sus cejas unidas y su mirada lastimera, y negó igualmente con su cabeza, pero por un motivo distinto.
No había olvidado como hacía mucho Murzduk se había opuesto a una misión de reabastecimiento durante una de las reuniones, diciendo a Foreman que no enviaran ninguna de las Goliath a una recogida de recursos, o por lo menos se enviara primero una rápida Kestrel de reconocimiento.
En su camino se había cruzado un planetoide perdido y la Galaxy había detectado en sus polos grandes depósitos de hidrógeno congelado, cosa que constituía una rareza única, un regalo de los cielos podría decirse, puesto que la nave se encontraba escasa de combustible para sus pilas y para las maniobras de sus consumidores propulsores. Eso sin que se mencionara la posible existencia de agua, recurso aún más valioso pues en sí mismo contenía hidrógeno y oxígeno.
Sin embargo, las maniobras eran lentas y engorrosas, y no había mucho tiempo, y cuando le preguntaron a Murzduk la razón por la que recomendaba esa estrategia no la supo y en su lugar mencionó una pesadilla, cosa que provocó que hasta a Foreman, que era precavido en casos como esos en que se hacía algo por primera vez, como lanzar varios de los recolectores sin haber concluido operaciones, se le saltaran las lagrimas de la risa.
Por eso decidieron lanzar las Goliath y éstas desviaron su ruta en medio de las maniobras de desaceleración gradual y pusieron rumbo a enorme velocidad, frenando con sus retropropulsores, para entrar en una órbita del planetoide. Era de esperar que para cuando estuvieran cargadas con su valioso premio, pudieran encontrarse con la nodriza a varios millones de kilómetros de ese punto. Y todo iba de maravillas en la misión hasta que la catástrofe sobrevino, una de las más destructivas por las que pasaron en su largo camino de ida sin retorno, y sucedió cuando una Goliath entró en la órbita y se encontró con un enemigo letal en su camino.
Era probable que ese planetoide hubiera salido de órbita hacía milenios, luego de una colisión con un cuerpo masivo, y llevaba una estela de rocas consigo, rocas de un diámetro que no detectaron los sistemas a distancia y provocaron la pérdida de cientos de vidas cuando perforaron la proa de la recolectora delantera, dañando también gravemente a otras.
–No debes preocuparte demasiado, Murzduk. No pasará nada –insistió Foreman con la voz pausada, como si hablara a un niño, después de respirar profundamente para llenarse de paciencia.
La chica menuda lo miró con sus ojos negros y sus pies dieron unos pasos, como si deseara decir algo sin que le salieran las palabras.
–Eso espero, comandante Foreman... Nosotros no somos muchos en Galaxy I, solamente poco más de cincuenta mil personas. Nuestra población no ha crecido como esperaban en la Tierra y no estamos en condiciones de meternos en una guerra contra nadie. Menos contra una especie que nos supera –respondió Murzduk y sus ojos rasgados parecieron centellear bajo la luz blanca que los iluminaba, mirando a los de su comandante por última vez para volver a su silla como había venido.
–Este Murzduk es demasiado desconfiado –dijo Foreman mirando a la muchacha de ojos negros, guiñándole uno de los suyos e intentando olvidarse de la ira que sentía otra vez producto de esas palabras, porque la velada referencia del oficial de comunicaciones a los suicidios de los tripulantes de la nave que se habían producido desde que salieron de su lejano Sistema Solar logró aumentarla.
La jovencita miró con ojos preocupados a su comandante e iba a decirle que debían escuchar al oficial de comunicaciones. Pero en ese momento la otra muchacha se precipitó sobre ella a sus espaldas, y la estrujó de una manera contra su cuerpo con su brazo derecho, que en su rostro de niña se dibujó una mueca. La otra mano de su compañera le revolvía su corto cabello negro y la despeinaba con saña, haciendo que su cabeza pareciera un nido.
–Pequeña Nadia, vamos a llevarle a Pavel la imagen de Próxima para que se ponga contento. Recuerda que decía que no podría verla –dijo la chica de ojos verdes sin dejarla escaparse mientras Nadia se debatía en vano.
–¡Está bien! ¡Está bien! Pero suéltame ya, Stephanie. ¡No seas salvaje…! ¿Es que quieres destrozarme las costillas o quieres matarme rompiéndome la nuca? –gritó la muchacha menuda con los ojos desorbitados, intentando liberarse.
–No seas como una niña remilgada, Nadia, ya cumpliste los sesenta… eres una anciana pesada –replicó Stephanie, y se rió manipulando a su compañera como a una plumita a merced de sus deseos, pues era hasta más fuerte de lo que se notaba a simple vista.
Nadia era sólo una niña cuando Galaxy I había salido del Sistema Solar, y en cuanto cumplió los dieciocho recibió las primeras vacunas que la doctora Guzmán y su unidad de desarrollo crearon para protegerlos en las profundidades del espacio. Eso la había protegido del envejecimiento natural por lo que daba la imagen de una menuda joven a pesar de su edad avanzada. En cambio, Stephanie había nacido en la nave intergaláctica y era de la misma edad que Pavel, quien no pasaba de los veinticinco. Era la hija de una oficial de las FAG-I que había perecido igual que la madre del muchacho cuando Foreman las había enviado a dar socorro a la gente de una de las Goliath siniestradas y se había producido una segunda explosión inesperada de la que no habían podido salir con vida muchos.
–¡Ay! ¡No me hagas cosquillas y estate tranquila! ¡No me gustas cuando te pones juguetona, Stephanie! –protestaba Nadia, pataleando, y de pronto logró soltarse para salir del cariñoso abrazo y ponerse a huir de un costado a otro de la sala, con la otra muchacha detrás de su rastro.
Esto provocó un estallido de risas más grande del causado por Murzduk con sus, por otro lado, justificadas preocupaciones.
–Eres una pesada, una vieja –le decía Stephanie, riendo y corriendo detrás de ella para que no se le escapara.
Mientras miraba a las chicas jugueteando como niñas el comandante Foreman se fue calmando y los últimos rastros de la ira desaparecieron hasta el punto de que en su rostro barbudo volvió a dibujarse una leve sonrisa.
Sin embargo, cuando Nadia en su carrera se estrelló en su puesto y cayó en su regazo, quizás premeditadamente, decidió poner orden en la sala.
–Bueno, Stephanie. No molestes a Nadia, que este es un sitio serio –dijo Foreman poniendo su rostro de mando y su mano derecha descansó sobre la cabeza de la chica, que no se movió de la protección que le daba con su cuerpo, como si eso no la inquietara.
Las risas volvieron a esfumarse, como por encanto, y los ocupantes del puente se apresuraron a ocupar sus puestos, como si desearan enmendarse.
–Lo siento, comandante Foreman. Es que de pronto me sentí eufórica… Debe ser por la cercanía de la estrella –se disculpó Stephanie jadeando y miró a Nadia, que le sacó la lengua, para después saludarlo poniéndose en firme con la cara seria y dirigirse obedientemente hacia su propio puesto de mando.
–¡Muchas gracias por salvarme, papaíto! –exclamó Nadia por su parte, en voz baja, y restregó su cabeza en la enorme mano de la escafandra de Foreman, como lo haría una gata sofocada.
El comandante le sonrió y pasó su mano otra vez por la pequeña cabeza de Nadia. La mano se movió acariciante y la linda chica se oprimió contra el cuerpo del hombre como si tuviera frío, sin inhibirse, con sus brazos alrededor del pecho robusto que la escafandra cubría.
Foreman tampoco pareció sentir ningún desagrado con la compañía, incluso cuando pronto su rostro se puso pensativo y sus ojos miraron a Stephanie, que se movía intranquila en su puesto con sus ojos en la fotografía de Próxima, como si debajo de ella hubiera un hormiguero y no un asiento mullido.
En realidad comprendía bien a Stephanie, su vida había pasado hasta ese momento dentro de la Galaxy I y nunca había estado ni en la Tierra ni en cualquier otro planeta, no había estado en un mundo suficientemente grande para ella. Esa chica vivaracha solamente conocía la existencia de un umbroso bosque por las grabaciones de los archivos, y las relativamente cortas plantaciones que existían en la nave, y eso iba en contra de la naturaleza humana, que evolucionó en un entorno diferente a las paredes metálicas que los rodeaban continuamente, que daban la impresión de ser tan grises aun si eran de otro color que deprimirían a cualquiera que las mirara. Era evidente que ella necesitaba con urgencia una gran pradera donde correr libremente y se la imaginó haciéndolo, con la brisa revolviendo su largo y crespo cabello castaño y una sonrisa en sus labios.
El mismo Foreman recordaba a veces el inmenso océano y se entristecía, pues desde niño había estado relacionado con los mares, no sólo porque su padre era capitán de uno de esos cruceros marinos y se la pasaba mirando los mapas para ver dónde estaba cada día, sino porque vivía cerca de la costa y se iba a pescar a menudo con sus compañeritos de la escuela. En Galaxy I no había un océano, era un mundo demasiado limitado, y seguro que era por eso que en varias ocasiones había soñado que estaba en la costa, recostado en una solitaria y calurosa orilla, como cuando era un muchacho y se ensimismaba soñando con ser comandante de una nave, para descubrir nuevas tierras igual que lo hacían los astronautas que plagaban las novelas de aventuras que leía en la UDO. Pero ese sueño era diferente, y no sabía el motivo de su repetición constante a pesar de sus distintas variantes. En especial por la presencia de la niña de dorado cabello y lindos ojos celestes que se encontraba en la costa, un sitio evidentemente peligroso para que estuviera sola, y por los dos soles que brillaban en el cielo, haciendo que las sombras de los árboles y rocas lucieran un tanto extrañas, uno parecido a su conocido Sol, y otro mucho más débil, con su luz más pálida y menos amarilla.
Foreman se puso a pensar otra vez, como hacía a menudo, en esos sueños. El sedoso cabello de Nadia, que percibía con su mano, le recordaba cómo se sentía el dorado de la niña. Pero como siempre pasaba, no pudo recordar dónde podía haberla visto en su niñez, ni saber por qué se presentaba ese recuerdo en su memoria precisamente en ese momento. Para colmo la niña se llamaba Selene Papadimitriou y ese nombre le resultaba completamente desconocido, un nombre bastante extraño para una persona de los EEUU, en donde había vivido hasta que lo destinaron a la Galaxy I debido a sus grandes servicios a la UDO.
–No es nada, Nadia. Este no es sitio para esos correteos, para eso existen las instalaciones deportivas –dijo Foreman luego de una pausa y sacudió la cabeza como para liberarse de un ensueño.
Entonces le pellizcó un cachete a Nadia con su mano derecha, y vio como ésta le sonreía y volvía a restregar su rostro contra la palma de su mano, una vez más como una gatita, cosa que hizo hasta que la voz del hombre se escuchó de nuevo.
–Pero será mejor que vayas con Stephanie a ver a Pavel, no quiero que lo mate si de pronto se pone “eufórica” como hace un momento.
–Tienes razón, Stephanie es como una niña pequeña, es muy juguetona. Pero no creo que yo pueda impedirle que se ponga en ese estado emotivo –dijo Nadia mirando de reojo a Foreman, con sus ojitos negros entrecerrados.
–¿No? –preguntó Foreman intentando no reírse.
–No, ¿es que no sabes que siempre que le pasa la coge conmigo, y me zarandea? –preguntó Nadía e hizo pucheros como una niña.
–Por eso quiero que vayas con ella, porque es mejor que juguetee contigo y no con Pavel –sentenció Foreman y vio que la muchacha ponía cara de sorpresa, por lo que se rió con ganas a pesar de sus preocupaciones.
–Pero yo no… –empezó a decir Nadia.
–No debes preocuparte, mi pequeñita, sólo ve con ella y vigílala –la interrumpió su comandante y Nadia lo miró de un modo lastimero–. No me mires de ese modo, princesa. Recuerda que eres una chica sana y Pavel está muy enfermo, y quizás no dure mucho en su estado. Estoy seguro de que hasta que no se encuentre en un planeta esa chica no va a estarse quieta y debemos entenderla, porque nosotros somos mayores que ella –explicó Foreman viendo la mirada lastimera.
“Entenderla un cuerno”, pensó Nadía y miró a Stephanie, pero sus labios sonrieron y su boca murmuró otra cosa.
–Hmmm, bueno, pero sólo lo haré porque tú me lo pides, papito, y luego me darás mi recompensa –balbuceó Nadia con una melosa vocecita y se puso de pie de un ágil saltito.
Foreman le pellizcó nuevamente uno de sus cachetes de niña a Nadia, y la miró a los ojos negros, y ésta le sonrió y se mostró complacida.
Entonces se oprimió contra el corpulento cuerpo para que el comandante le pasara una mano a lo largo de su espalda y la besara en la cabeza a modo de despedida.
–Dile a Pavel que iré a verlo por la noche, como siempre, mi linda pequeñita. Debo hablar con la doctora Smith sobre su estado delicado –dijo Foreman luego de besar la pálida frente, con su rostro de pronto preocupado–. Es una suerte que ella se haya dedicado a cuidarlo, es una muchacha de las más inteligentes y por eso me complace haberle dado el puesto después de la pérdida de la doctora Guzmán.
La doctora Smith debía haber cumplido los setenta y cinco años de edad, y por eso resultaba raro referirse a ella como una muchacha, pero en Galaxy I la edad no tenía sentido desde que la duración de la vida había sido cambiada.
–Bueno, lo haré, papito… No debes preocuparte, yo me encargaré de eso –murmuró Nadia decidida, luego de unos segundos de contemplarlo, y saludó para después retirarse del puente–. ¡Stephanie, nos vamos! El centro de investigaciones de la doctora Guzmán queda lejos del puente de mando –dijo la chica caminando hacia los elevadores.
Stephanie, que se había mantenido mirando la hoja con el impreso de Próxima que sostenía con sus manos delante de ella, se puso de pie y siguió a Nadia dócilmente, se diría que contenta de ver sonriendo a su compañera.
Foreman vio como las chicas se montaban en uno de los elevadores del puente de la nave, cuyas puertas pintadas de rojo estaban a sus espaldas, y después suspiró como si estuviera cansado.
En el puente de mando las personas habían vuelto a sus obligaciones y ya nadie miraba a Próxima incluso cuando se continuaba mostrando en la pantalla central, indiferente a lo que los seres humanos pensaran de ella. La pantalla estaba rodeada por otras pantallas de menos envergadura, que mostraban continuamente la situación de la enorme nodriza cubiertas por gráficos y un sinnúmero de datos, y Foreman las consultó por un instante para después estirar un brazo y presionar con su índice uno de los botones de un panel de su puesto de mando.
Entonces miró hacia la pantalla que se iluminó mostrando el rostro virtual de Xerxes, y escuchó la voz pausada que le preguntaba qué deseaba.
–Xerxes, cuando concluya la desaceleración informa a los habitantes de Galaxy I que entraremos en una órbita lejana de Próxima Centauri hasta que regrese el Justice –murmuró Foreman y miró ese conocido rostro por un instante–. Román será quien se ocupará cuando vuelva a su puesto.
–La orden ha sido registrada, comandante –dijo Xerxes.
–También quiero que cites a la capitana Flemming, para entrevistarme con ella. Debo darle la misión de que salga comandando un equipo especial de exploración que entrará en Alfa Centauri con una nave de reconocimiento Kestrel y localizará a Justice. No puedo confiar en Gayura y podemos estar varados por mucho si sigue sin dar señales de vida.
–Las órdenes serán cumplidas, comandante. ¿Desea otra cosa? –preguntó la voz de Xerxes.
–Por el momento sólo eso, Xerxes… Y que la dotación y otros habitantes reciban la buena noticia de la llegada… Es necesario que se sientan optimistas y olviden lo que hemos pasado en nuestro largo camino.
–No se preocupe por eso, comandante Foreman, nuestros compañeros estarán siempre bien informados.
–Eso espero, Xerxes –dijo Foreman y presionó un botón para poner punto final a la conversación, con lo que se puso oscura la pantalla donde se mostraba el rostro virtual.
El comandante se recostó en su mullido puesto de mando y se quedó inmóvil, mirando las lámparas de redondeado difusor que iluminaban la sala con su luz límpida y sumiéndose en sus pensamientos.
En ese mismo momento las puertas de un elevador de la nodriza de los que conducían hacia su puente se separaron lentamente, después de haber hecho éste su largo recorrido, y delante de Nadia se mostró un pasillo que conducía hacia los sistemas de conexión que unían la rueda rotante donde se encontraba con el eje central de la enorme Galaxy I. En esa parte de la nave, muy cercana a su eje central, la gravedad había desaparecido por completo, y las chicas se vieron obligadas a impulsarse sosteniéndose de las barras de seguridad que había en las paredes del bien iluminado conducto, en el otro extremo del que, bastante lejos de ellas, unos soldados permanecían de guardia levitando.
–¡Odio la ingravidez, no puedo soportarla! –rezongó Nadia moviéndose como un pececito y sus cejas se unieron como si estuviera preocupada, con su rostro sufrido.
–Pues a mí me gusta, es divertida –dijo Stephanie riendo y dando volteretas detrás de ella.
No obstante, no le pasó desapercibida la expresión de su compañera, pues incluso si nadie lo notaba siempre estaba pendiente de ella.
La muchacha recordaba a Nadia de cuando era una niña y había sido llevada a la sala de crianza a donde destinaban a los huérfanos. Estaba llorando y no entendía por qué era que la separaban de su madre, aun cuando no estaba todo lo que hubiera deseado con ella, y esa chica menuda, una de las que se habían encargado de los niños cuyos padres se habían perdido, la había consolado contándole un cuento y le había hecho compañía hasta que se durmió en su cálido regazo. Es por eso que no la había olvidado nunca y cuando la veía preocuparse o la sentía asustada intentaba distraerla como ella había hecho esa vez hacía mucho sin recordarlo.
–Tranquila… no vayas a darte un golpe en esa cabecita y quedes más loca de lo que ya eres –musitó Nadia mirando a Stephanie de reojo–. Debo decirte que eso sería horroroso.
Esa chica la ponía nerviosa y no permitía que su mente se concentrara en sus pensamientos, como si estuviera en las cercanías del vórtice de un remolino.
–¡Imposible, practico diariamente! –replicó Stephanie y se rió, viendo como una sombra volvía a cubrir el rostro de su compañera–. Por cierto… ya Foreman no está para salvarte, ¿verdad? –murmuró luego, cuando se calmó, y le lanzó una mirada pícara a Nadia.
–¿Qué estás inventando? –preguntó Nadia mirándola con miedo–. No quiero jueguitos –repuso luego, viendo como su compañera se frotaba las manos sospechosamente.
Entonces se separó poco a poco de ella, como con disimulo.
–Pero yo si quiero –dijo Stephanie siguiéndola–. Esta vez no escaparás de mí, pequeña bruja.
–¡No puede ser, otra vez se ha descontrolado! –exclamó Nadia y se impulsó para moverse más rápido a lo largo del pasillo, escapando de Stephanie.
–¡Estupenda idea, me gustan las carreras en la gravedad cero! –dijo Stephanie, viendo como Nadia huía, y se impulsó para capturarla.
Nadia se movía como un Zeppelín, como un HGE podía hacerlo, y del otro lado del pasillo los cuatro guardianes, que hasta ese momento habían estado serios con sus rifles en las manos, comenzaron a reírse del modo en que esquivaba a Stephanie y gritaba, intentando escaparse.
–No vas a escaparte –murmuró Stephanie después de su último intento infructuoso y volvió a dispararse detrás de su compañera.
Entretanto, en el hostil espacio vacío, helado y cubierto de mortales radiaciones, la enorme Galaxy I continuaba su viaje hacia un mundo desconocido, lanzando con insistencia su mensaje de llamada. Las enormes ruedas rotatorias del coloso clase Leviathan giraban lentamente, con sus luces de posición parpadeando como guirnaldas en navidad, llevando en sus entrañas a su preciada carga humana, humanos que estaban seguros de que eran los últimos seres de la especie que quedaban con vida provenientes de la lejana Tierra que los despiadados Redmen supuestamente habían devastado.
Puede enviar sus propias obras a katharsismagazine@gmail.com si desea publicarlas en este blog.

Para la primera parte visite https://www.smashwords.com/books/view/485324 


[1] Unión Democrática Occidental.
[2] Fuerzas Armadas de Galaxy I.
[3] Humano Genéticamente Extendido por sus siglas en inglés.
[4] Arma Móvil de Alta Tecnología modelo 9900H, Magnus, por sus siglas en inglés.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Galaxy I: Prefacio




Galaxy I
por Pedro Luis Carballosa Mass
Segunda Parte
La rebelión de los inmortales

Prefacio
 
El frío espacio se conmovió de pronto, como si se doblara sobre sí formando una espiral, rotando a manera de revuelto y luminoso remolino a la vez que distorsionaba todo lo que a su través se veía y refulgía en la impenetrable oscuridad con un halo de luz azulada.
Muy poco después, sin que nada la enunciara, se produjo la explosión, una explosión enormemente destructiva que se desencadenó en medio del vacío. Porque no había nada en ese sitio, nada excepto una nave de envidiable envergadura que surgió de la distorsión y se precipitó a gran velocidad a la posición en donde pronto se encontraría rotando el quinto y último planeta del sistema solar en el que había caído, que como casualmente se movía en una órbita elíptica que iba a interceptarla.
La nave estaba construida a semejanza de un huevo que se hallase comprimido, lo que hacía que se viera casi como un platillo, y sería evidente para quien la observara que no estaba en demasiado buenas condiciones, como si hubiera estado implicada en una reciente y horrible batalla de la que la explosión que se había producido podría ser parte. De la superficie de su casco grisáceo, que por otro lado estaba lo bastante bien blindado como para dar la apariencia de que era invulnerable, se escapaban de a poco los gases que la estructura contenía a manera de surtidores de vapor pareci–dos a llamaradas, efecto debido a las rojas y parpadeantes luces de posición que en ella había. Esa era precisamente la única cosa que permitía que se la viera en medio de la ne–grura del cosmos, que lo cubrió todo después de que la dis–torsión desapareciera y la luminosidad de la explosión, que como un flash había permitido ver los alrededores, se eclip–sara. Y se podía decir que esa luz en otro momento débil se mostraba efectiva, pues se la podía ver aún mejor de lo que se veía en el puente de mando instalado en las entrañas del vehículo, del que ni aun las paredes, en apariencia negras, se distinguían con facilidad debido a la penumbra.
El recinto rectangular no sólo estaba a oscuras, sino que era extraño ya que en su interior no podían verse ningúno de los puestos de mando ni los paneles de control que eran comunes a esos sitios. Era como si se encontraran ocultos en las paredes o en el piso, y solamente podía distinguirse, situada en su mismo centro, una plataforma cilíndrica donde en un momento comenzó a desplegarse un pedestal negro como lo demás que lo rodeaba, levantándose lentamente de la superficie como una columna con un suave zumbido que era ocultado por la baraunda proveniente de la sirena, hasta que se detuvo, cuando era sólo un tanto más alto que una persona promedio.
El pedestal estuvo por unos instantes inmóvil, pero luego empezó a dividirse su pulida superficie, dando la impresión de ser un sarcófago, y dejó salir de su interior una especie de máquina humanoide de extremidades delgadas y cons–truida de brillante material blancuzco, que por esto contras–taba con su entorno y resaltaba en la oscura sala como en–vuelta con un halo de luz divina.
La máquina dio unos pasos y levantó su cabeza, larga y delgada como la de un caballo, desplegándola de su pecho estrecho. Y cuando miró su entorno, haciendo un leve y casi imperceptible sonido con sus movimientos, en ella se pudo ver un par de ojos de cegador brillo escarlata, salientes y de contorno redondeado.
–Enikan, solicito reporte del estado del TFS Predator una vez concluido el crono salto de escape del enemigo –dijo la criatura metálica de rojos ojos brillantes con su voz robótica e inmediatamente la alarma se detuvo y casi delante de sus narices surgieron varias pantallas holográficas cubiertas con datos y cifras, que iluminaron levemente la sala con una luz de un azul fosforescente.
La criatura observó las pantallas caminando por el recinto y sólo se detuvo cuando una voz mucho más melodiosa que la suya, parecida a la de una joven humana, rompió con sus inflexiones el silencio que lo había cubierto.
–Ptolomeo… esta es Enikan reportando… –dijo la voz y se escucharon unas leves modulaciones, como si una persona estuviera llamando a la puerta presionando el botón de uno de esos timbres de varios tonos–. TFS Predator gravemente dañado por misiles protónicos del enemigo… ejecutando la obtención de datos para reporte detallado de daños –siguió diciendo después la melodiosa voz y hubo silencio por unos segundos hasta que se escucharon otras modulaciones y la voz volvió a oírse.
–Propulsores gravimétricos principales en sólo un 30% de su potencia de diseño, sistemas de escudos cuánticos de la nave inactivos por déficit grave de energía de fusión de los núcleos, sistemas de gravedad interna decayendo a un 60% de la normal, despresurización completa inminente debida a graves daños en el casco blindado, sistemas de mantención de vida del personal humano en estado crítico...
La lista era larga y la criatura de metal llamada Ptolomeo permaneció en espera mientras la computadora central de la nave de combate de la Tierra bautizada como TFS Predator reportaba su desastroso estado. Pero luego su voz robótica volvió a escucharse en el puente, extrañamente calmada si se tenía en cuenta la situación extrema en que estaban.
–Enikan… inicia localización de la Novena Flota en órbita de la luna Calipso. Envía códigos de emergencia a su centro de comando para salvamento inmediato de las unidades de combate Alpha –dijo Ptolomeo.
El Sistema Integrado de Comando del TFS Predator, más conocido como Ptolomeo, había ordenado hacer un salto a ese sistema para que su crucero de batalla clase Spartan se encontrara protegido por la presencia de la Novena Flota de la Federación Terrestre, incluso cuando era probable que se dificultaran las cosas pues los mandos de ésta no deberían de estar enterados de su existencia. No había remedio, casi todos, salvo ellos, habían perecido en la última batalla, y los datos de combate existentes en los cerebros de los híbridos eran vitales para la supervivencia de la Tierra. Ellos eran los únicos que habían descendido a Zetes y debido a eso tenía que evacuarlos pasara lo que pasara, sin decir nada de los especímenes capturados en una nave enemiga.
–TFS Predator entrando en sistema colonial Alfa Centauri A y localizando Novena Flota –enunció Enikan.
Mientras Enikan hablaba podía verse en una pantalla que se había desplegado en la pared delantera del puente, como si saliera de la nada, un grisáceo planeta gigante rotando en su órbita calmadamente. En un costado de la pantalla decía que ese planeta había sido colonizado por los humanos en el 2256, hacía más de mil años, y pasaban otros textos con datos de modo que parecían los créditos de una película.
Ptolomeo permaneció en silencio, con sus ojos escarlata en la enorme esfera grisácea que rotaba con calma a la vez que era circundada por su único satélite, digno de su propia envergadura. La luna estaba posada como mariposa en una invisible rama a cientos de miles de kilómetros del planeta y su superficie, iluminada por Alfa Centauri B, parecía dorada, claramente visible por las lentes de las cámaras del crucero, mas la potente mente cuántica del ISC[1] pensó en que nada parecía ir muy bien en Ross, que se veía demasiado desier–to a pesar de ser la capital colonial de Alfa Centauri A y de otros sistemas relativamente cercanos, y por eso estableció un vínculo directo con los sistemas de visión del Spartan y vio sin que lo vieran sus ojos los valles y montañas nevadas del gigante a través de las nubes que navegaban con calma, para luego desviar la vista y revisar los cráteres de Calipso sin ver nada de lo que se esperaba.
En la inmensa superficie no se podía percibir movimiento de ninguna clase, incluso ni de vehículos comerciales de los que debería estar saturada, por no mencionar a la inmensa Novena Flota, que de hacer caso a sus registros debería de encontrarse estacionada en ese sitio.
La desolación de la órbita de Ross sí logró intranquilizarlo y, sin decirle a Enikan lo que lo preocupaba, caminó hasta la parte delantera de una de las pantallas del puente y consultó las imágenes del radar del Predator, buscando la presencia de escombros en la zona. No podía aceptarlo mas en lo más profundo de su mente una idea iba emergiendo, indicándole que era posible que los Kraken hubieran logrado destruir del todo antes de su llegada no sólo a la Novena Flota sino a las ciudades y estaciones orbitales existentes en ese sistema, lo que significaría que estaban más cerca del planeta Tierra de lo que había pensado.
Pero una vez más no encontró nada, como si de pronto la presencia humana en Ross hubiera sido eliminada sin que le dieran la menor oportunidad de supervivencia, cosa en nada sorprendente tratándose de los Kraken porque estando lejos de su sistema de origen no podían desperdiciar los recursos y recogerían los escombros espaciales, no así los restos de las ciudades en la superficie que como por arte de magia se habían esfumado igualmente.
El ISC del TFS Predator estaba a punto de hacer notar a Enikan su reciente descubrimiento, luego de llegar a la con–clusión de que algo extraño estaba sucediendo, cuando la melodía de la voz de ésta se escuchó nuevamente.
–¡Alerta...! Detectado error grave en los cálculos del crono salto producto de la explosión protónica. Fechado esperado incorrecto, repito... –dijo la computadora sin mencionar nada de la Novena Flota.
–Enikan, reporta magnitud del error del crono salto –dijo Ptolomeo interrumpiendo el mensaje y mirando los números que había delante de su rostro.
Entonces dio unos pasos, se podría decir que cada vez más impaciente.
Las cifras de la pantalla que miraba se pusieron rojas una detrás de otra y comenzaron con un inquietante parpadeo a la vez que un profundo silencio envolvió de nuevo el puente, como un pesado manto negro, y se mantuvo esta vez varios segundos hasta que las conocidas modulaciones vinieron a romperlo.
–Ptolomeo… la magnitud real del error del crono salto no ha podido ser calculada. Pero la magnitud estimada es de mil quinientos años hacia el pasado –dijo Enikan.
Ptolomeo guardó silencio por un momento, como si no se hubiera percatado de la voz, revisando una vez más lo que contenían las pantallas. Era como si no creyera lo que decía la computadora central, lo que era una de sus obligaciones después de todo como reemplazo del personal humano del puente de mando.
No obstante, después su voz volvió a resonar contra las paredes de la sala, una vez más tan calmada como en un comienzo.
–Enikan, procede con un nuevo crono salto de corrección utilizando la energía disponible, establece destino en el 3520 de nuestra era, código de coordenadas 301, límite Beta. Eso nos situará justo delante de la Novena Flota –dijo Ptolomeo.
–Negativo, Ptolomeo… potencia insuficiente. Predator no está en condiciones para crono salto –reportó Enikan.
Ptolomeo volvió hacia Ross su inexpresivo rostro blanco y pensó que si no lograba sacar la nave de esa zona, sin la protección de la Novena Flota de la Federación Terrestre, la nave Kraken que la había dañado la encontraría sin remedio y después daría buena cuenta de ella. El Predator no era un crucero débil, pero no podría defenderse en el estado en el que se encontraba y, de todas maneras, nadie solo podría luchar contra una escuadra de Kraken, ni siquiera una nave gigante de los Ur podría hacerlo y no sabía a ciencia cierta cuántos lo perseguían.
Sin embargo, por más que su cerebro buscaba una salida de la situación desesperada en la que se encontraba, no la había y si bajaba a Ross igual no podría sacar a las valiosas unidades Alpha de su sueño y los Kraken las matarían.
–Ptolomeo… esperando instrucciones –dijo Enikan como si estuviera impaciente y Ptolomeo levantó su cabeza.
–Enikan… inicia procedimiento de desembarco en Ross y mantén la dotación clase Alpha en estado de hibernación o podría descontrolarse –dijo Ptolomeo después de una corta pausa para luego moverse hacia otra pantalla.
–¡Entendido, Ptolomeo! –dijo Enikan.
–Has lo mismo con los Kraken capturados en la nave del enemigo destruida e inicializa los sistemas de reparación de emergencia del TFS Predator de inmediato. Es necesaria la reparación urgente de los sistemas energéticos del crucero y de los sistemas de sostenimiento de vida. Debemos ejecutar crono salto de corrección cuanto antes –habló nuevamente el ISC con su voz calmada.
–Entendido, Ptolomeo… Predator iniciando las rutinas de desembarco en planeta Ross –confirmó Enikan y Ptolomeo pudo percibir como la nave de combate se impulsaba hacia la órbita del planeta, cambiando su curso levemente.
El ISC permaneció callado una vez más, observando con calma la pantalla grande en donde se mostraba la superficie de Ross. Estaba seguro de que los Kraken los seguirían aun en la superficie del planeta y no escaparían si no llegaba a las coordenadas de la Novena Flota, e incluso así no había garantías. Pero sabía que las reparaciones demorarían y era poco probable que lo lograra si permanecía en el cosmos y obligaba a Predator a mantener altos niveles de gasto de su valiosa energía.
La luminosidad de los ojos de Ptolomeo pareció hacerse más débil cuando pensó en que había estado tan cerca que era imperdonable que se perdieran sin poder hacer nada las últimas unidades Alpha y sus datos, después de una década de su partida desde la Tierra para contener la devastadora y cruel ofensiva Kraken. Habían estado en tantos combates y escaramuzas que era una proeza si se tenía en cuenta que la vida de un soldado humano no hubiera durado más que ocho minutos, y eso si tenía suerte, porque los híbridos no eran humanos del todo pero sí en parte, y por eso heredaron su debilidad característica.
El pitido de un indicador se disparó y Ptolomeo movió su cabeza hacia otra pantalla de las muchas que continuaban en la sala, esta vez una pequeña.
–Ptolomeo, detectada caída catastrófica de potencia. TFS Predator en curso de colisión –informó Enikan.
–Desvía la energía de la sala de contensión. –ordenó sin pensarlo Ptolomeo, levantando un brazo.
–Energía desviada… veinte minutos para la pérdida de las muestras –reportó Enikan.
La cabeza del ISC se volvió hacia la superficie oscura en que se soportaba. Estaba consciente de que los Kraken iban a perecer en los contenedores sin que Enikan lo mencionara y eso no le gustaba, los necesitaba tanto como a los Alpha para las investigaciones y esa era una de las misiones de la Flota Élite, por eso se habían internado peligrosamente en la zona de reproducción situada en Zetes. Pero no había otra solución, la prioridad era que los híbridos llegaran a la Tierra y, por otro lado, era probable que varios de los especímenes se mantuvieran con vida, pues eran criaturas resistentes en extremo y lo habían demostrado en incontables ocasiones.
–Es inevitable… –dijo Ptolomeo luego de una pausa y sus ojos se posaron en la esfera gris que cada vez se hacía más grande, sintiendo con sus sensores que la gravedad interna de la nave se debilitaba.
Pero no pudo concentrarse en sus pensamientos pues la voz de Enikan volvió a escucharse y una pantalla holográfica se desplegó casi delante de su larga cara de pulido blanco.
–¡Alerta! Detectando ventana de crono salto del enemigo, repito… –dijo la computadora central.
En la pantalla pudo verse que se desplegaba un portal de salto dimensional no lejos de la posición del Predator y de su luz cegadora salía una de las naves de combate Kraken, una verdadera nodriza, reintegrándose a sólo unos miles de kilómetros detrás del maltrecho crucero de la Tierra.
–¡Kraken! Nos han encontrado demasiado rápido –dijo el ISC como si estuviera entristecido, mirando la imagen, y se quedó observando cómo la nave los detectaba y comenzaba a seguirlos a la vez que mucho más lejos otra distorsión del campo se manifestaba.
–Enikan, inicia sistemas ofensivos MAG–10 y has disparos disuasivos a esa nave. Debemos demostrarles que somos más poderosos de lo que nos vemos para evitar una batalla con los Kraken. También necesitaremos encontrar un sitio en la superficie de Ross donde Predator pueda ocultarse y pasar desapercibido –ordenó Ptolomeo esperando que con la energía del Predator disponible se pudiera disparar a sus enemigos sin que las maniobras se vieran perjudicadas.
–¡Entendido, Ptolomeo! Estoy iniciando sistemas MAG–10 y preparando lanzamiento de una sonda de procesamiento geológico hacia la órbita con la orden de búsqueda de sitio de ocultamiento –reportó Enikan.
El sistema MAG–10 de un Spartan era lo suficientemente poderoso como para disuadir a una o dos naves de guerra y si había suerte podían hacer tiempo y lograr que las naves que habían llegado esperaran los refuerzos que sin lugar a dudas las seguían.
No obstante, la suerte no estaba de parte de Ptolomeo y la voz de Enikan no demoró en oírse de nuevo.
–Error grave de inicialización. Energía insuficiente para la operación de los cañones MBK–2500 y la operación de los propulsores gravimétricos. Peligro, TFS Predator vulnerable enfrente de nave de guerra hostil. Enemigo inicia maniobras de combate. –dijo Enikan y la sirena comenzó a sonar como cuando habían llegado a Alfa Centauri A.
Un humano se hubiera desanimado por encontrarse en la situación en que se veía Ptolomeo, desprotegido frente a un enemigo que lo superaba con su crucero inutilizado. Pero la central de comandos no podía desanimarse, era una criatura diseñada para esos casos y su frío cerebro cuántico siguió con la misma estrategia, lo único que en vez de dispararles con los cañones de rango largo utilizaría otra variante.
–Enikan, comienza lanzamiento inmediato de los MWCT–G20KM restantes, ordena la destrucción de la nave enemiga e inicia las maniobras de descenso. Debemos ocultarnos en Ross pase lo que pase. –ordenó Ptolomeo.
–¡Entendido, Ptolomeo! Los guardianes clase A, MWCT–G20KM Raider[2], están siendo preparados para la batalla.
En ese mismo instante unas criaturas mecánicas bípedas de considerable envergadura e impresionante porte, con los brazos de borde exterior redondeado para que se parecieran a un semicírculo, encendieron sus grandes ojos violáceos en uno de los inmensos depósitos del crucero clase Spartan de la Tierra. Estaban colgadas de unos soportes metálicos cual gruas corredizas pero éstos se pusieron pronto en marcha para irlas depositando en la superficie de la sala.
–Enikan, guardián de la clase A MWCT–G20KM Raider en línea y listo para el combate –decían las máquinas con una potente voz electrónica a medida que concluían las rutinas de comprobación de su IOSSAC[3], y se erguían orgullosas.
Las criaturas robóticas permanecieron unos segundos en silencio, observando lo que había delante de ellas envueltas en la penumbra del depósito. En medio de esa negrura que las rodeaba debido a la escasez de energía sus violáceos y luminosos ojos refulgían como estrellas. Pero la calma que reinaba en la inmensa sala cayó hecha pedazos por la voz electrónica de uno de los guardianes clase A, que la cubrió rebotando contra las paredes.
–Entendido, Enikan. Raider iniciando intercepción de nave enemiga marcada –informó después de recibir instrucciones por medio inalámbrico.
Entonces, como si lo hubieran ensayado para ese día, las últimas cuatro criaturas mecatrónicas que despertaron de su letargo dieron varios pesados pasos comenzando a moverse hacia una de las inmensas compuertas que había cerca de ellas.
Los poderosos robots esperaron a que se separaran poco a poco, deslizándose, las puertas blindadas que les estaban bloqueando su paso, para después continuar por su camino hasta detenerse de nuevo, esta vez sobre una plataforma de grandes dimensiones, y bordes naranjas y parpadeantes.
Las compuertas se cerraron de nuevo con un zumbido de motores detrás de los cuatro guardianes clase A y luego, en pocos segundos, delante de ellos comenzaron a deslizarse de una manera silenciosa las puertas de grueso blindaje que conducían hacia el cosmos.
Entonces, cuando las negras fauces del espacio vacío se mostraron delante de ellos, heladas y cubiertas de estrellitas lejanas y parpadeantes, se lanzaron en ellas uno detrás del otro, y se convirtieron en rápidas naves de guerra, como si de cazas a manera de platillo se tratara.
Las naves pequeñas dieron una vuelta de reconocimiento a su nave nodriza y de su parte delantera pronto emergieron los cortos pero potentes cañones blaster MBK–2100 con los que estaban equipados, y sus lanza misiles, que se pudieron ver en su panza cuando se comenzaron a dirigir a donde la primera gigantesca nave Kraken se había manifestado como un negro castillo metalico con largas columnas piramidales, rodeado de una luz blanca como neblina.
–Enemigo localizado, Enikan, iniciando la batalla –reportó la voz electrónica del MWCT–G20KM que comandaba a sus compañeros de escuadra y ésta se escuchó claramente en la sala del puente de mando del TFS Predator, en donde los ojos de Ptolomeo observaban en la pantalla como los robots volaban hacia su enemigo, con sus propulsores encendidos, sin que les importara para nada la evidente superioridad de su contrincante.
Ptolomeo estaba consciente de que los guardianes clase A no resistirían durante mucho tiempo a los Destroyers de la nave Kraken, como se les llamaba a los exoesqueletos con los que las feroces criaturas se cubrían, eran pocos para la desigual batalla. Pero no disponía de nada más y necesitaba entretenerlos hasta que su nave se ocultara, y esperaba que éstos le duraran lo suficiente para hacerlo.
–Descansen en paz, hermanos, su sacrificio no será vano si los Alpha se salvan –murmuró viendo con los sistemas de visión lejana como las ráfagas de rayos de un verde–azulado de los blaster se estrellaban contra los encendidos escudos de la nave enemiga, y a los Destroyers que iban saliendo en miríadas como siniestros puntos de luz para hacerle frente a la nueva amenaza, pues incluso si los Raider eran máquinas menos conscientes de su propia existencia, eran útiles y no los menospreciaba.
   
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[1] Sistema Integrado de Comando, por sus siglas en inglés.
[2] Arma Móvil de Tecnología Cuántica modelo G20KM, Invasor, por sus siglas en inglés.
[3] Sistema Operativo Inteligente de los Sistemas de Combate Autónomos por sus siglas en inglés.